El forastero
The Outsider, 1921 [tr. C. F. Otálora, 2026]
«Aquella noche el barón soñó con tantos problemas
Y todos los guerreros-invitados, con sombra y forma
De bruja, y demonio, y grandes gusanos panteoneros,
Eran desde hacía mucho cosa de pesadilla»
—KEATS
Es infeliz aquel a quien cuyas memorias de la infancia le traen solo miedo y tristeza. Miserable, el que recuerda sus horas de soledad en amplias y deprimentes recámaras con pendones de color marrón y exasperantes filas de libros antigüos, o en venerables vigilias en crepusculares arboledas de grotescos y gigantes troncos invadidos por enredaderas, que mecen en silencio sus altísimas y torcidas ramas. Esa es la suerte que me fue dada por los dioses, a mí: el aturdido, el decepcionado, el estéril, el roto. Y aún así me siento extrañamente satisfecho, y me aferro con desesperación a esas marchitas memorias cuando mi mente amenaza por un momento con irse al más allá, al otro.
Desconozco dónde fue que nací, solo sé que el castillo era infinitamente viejo e infinitamente horrible, lleno de pasajes oscuros, y que tenía altísimos techos donde la mirada podía solo encontrar telarañas y sombras. Las piedras en los derruidos corredores parecían estar siempre asquerosamente húmedas, y había un endemoniado olor por doquier, como el de los apilados cadáveres de varias generaciones. Nunca hubo luz, por lo que solía encender velas y observarlas fijamente para aliviarme, ni había sol fuera, pues los terribles árboles crecían muy por encima de la torre más alta. Había una torre oscura que se alzaba más allá de los árboles hacia el ignoto cielo, pero estaba en parte en ruinas y no se podía subir a ella sino escalando el imposible muro una piedra a la vez.
Debí de haber vivido durante años en este lugar, supongo, me es imposible medir el tiempo. Seres debieron de haberse encargado de mis necesidades, pero aún así no recuerdo a ninguna otra persona además de mí, o nada que estuviera vivo sino silenciosas ratas y murciélagos y arañas. Creo que quien fuera mi cuidador debía de haber sido alguien tremendamente añoso, puesto que mi primera concepción de una persona viva es la de una cosa burlonamente parecida a mí, pero distorsionada, marchita y decadente como el castillo. A mis ojos no había nada grotesco en los huesos y esqueletos esparcidos en algunas de las criptas de piedra que había abajo, en lo profundo de los cimientos. Fantásticamente, asociaba estas cosas con eventos cotidianos, y las consideraba más naturales que los seres vivos dibujados a color que encontraba en muchos de los mohosos libros. Libros de los cuales aprendí todo lo que sé. Ningún profesor me alentó o guió, y no recuerdo haber escuchado voz humana alguna en todos esos años, ni siquiera la mía, pues aunque había leído sobre el discurso hablado, nunca se me ocurrió intentar hablar en voz alta. Mi apariencia era igualmente un asunto ignorado, pues no había espejos en el castillo, y me veía a mí mismo, meramente por instinto, como de la misma especie que las figuras juveniles que veía dibujadas y pintadas en los libros. Sabía que debía de ser muy joven, pues era muy poco lo que recordaba.
Fuera, al otro lado del pútrido foso y bajo los oscuros y múltiples árboles, con frecuencia me acostaba y soñaba por horas sobre lo que leía en los libros; y añoraba con verme entre dichosas multitudes en el soleado mundo que me esperaba más allá de aquel interminable bosque. Una vez intenté escapar de allí, pero entre más me alejaba del castillo más densas se tornaban las sombras y el aire se llenaba más y más con un inquietante miedo, así que corrí de vuelta, enajenado, temiendo perder el camino en aquel laberinto de nocturno silencio.
Así fue que durante interminables crepúsculos soñé y esperé, aunque no sabía qué era lo que esperaba. Entonces, en mi sombría soledad, mi añoranza por la luz se tornó tan frenética que no pude volver a descansar, y levanté las manos en plegaria hacia la oscura torre en ruinas que se alzaba por encima del bosque hacia el ignoto cielo. Al final resolví escalar aquella torre, aun a sabiendas de que podría caer, pues era mejor ver el cielo y morir haciéndolo, que morir sin haber visto nunca la luz del día.
En medio del viscoso crepúsculo escalé las ajadas y vetustas escaleras de piedra hasta el nivel en el que terminaban, y de ahí en adelante me aferré peligrosamente a los pequeños soportes para los pies que llevaban hacia arriba. Una muerte espantosa y terrible sería aquella, en medio de aquel cilindro de roca sin escaleras; oscuro, en ruinas, y desierto, y siniestro gracias a los asustadizos murciélagos cuyas alas no hacían ruido alguno. Pero más espantoso y terrible aún era la lentitud de mi avance, pues por más que escalaba, la oscuridad sobre mi cabeza no amainaba, y me asaltó un nuevo escalofrío, como provocado por un persistente e impresionante hongo. Me estremecí al preguntarme por qué no había llegado ya a la luz, y habría mirado hacia abajo de haberme atrevido. Creí que la noche había caído de repente sobre mí y tenté en vano buscando el alféizar de una ventana por la que pudiera asomarme fuera y mirar hacia arriba, e intenté juzgar la altura que había logrado hasta ese momento.
De repente, tras una eterna y sorprendente escalada a ciegas por aquel cóncavo y desesperado precipicio, sentí que toqué algo sólido con la cabeza, y supe que debía de haber llegado al techo, o por lo menos a algún tipo de piso intermedio. En la oscuridad, levanté una mano y palpé la barrera solo para descubrir que era de piedra e inamovible. Entonces tuve que hacer un mortal recorrido alrededor de la torre, sosteniéndome de cualquier soporte que la viscosa pared me pudiera ofrecer, hasta que finalmente, con una mano libre, encontré el punto débil de la barrera, entonces retomé el ascenso empujando la trampilla o puerta con la cabeza mientras utilizaba ambas manos para mi aterrador ascenso. No apareció ninguna luz arriba, y al levantar las manos por lo alto supe que mi escalada aún no había terminado, pues la trampilla pertenecía a una abertura que llevaba a una superficie plana de piedra que tenía una circunferencia mayor a la de la torre debajo, sin duda el piso de una espaciosa y enorme recámara de observación. Me arrastré a través de la trampilla con cuidado e intenté evitar que la pesada puerta se cerrara de golpe, pero fracasé. Tirado exhausto sobre el piso de piedra, escuché el horripilante eco de la puerta cayendo, y no me quedó sino la esperanza de que cuando fuera necesario pudiera volver a abrirla.
Creía estar a una prodigiosa altura, muy por encima de las ramas del maldito bosque, por lo que me levanté del piso y comencé a tentar alrededor en busca de una ventana a través de la cual poder, por primera vez, posar la mirada en el cielo y la luna y las estrellas sobre las que tanto había leído. Pero la decepción fue total, pues lo único que encontré fueron amplios estantes de mármol que contenían asquerosas cajas ovaladas de perturbadores tamaños. Al reflexionar más y más sobre mi entorno, más me preguntaba qué vetustos secretos habrían de habitar en este apartamento en lo alto que llevaba tantos eones desconectado del castillo debajo. Entonces, de manera inesperada, mis manos dieron con un arco, custodiado por un portón de piedra áspera por la extraña forma en la que había sido cincelada. Intenté abrirlo, pero estaba cerrado con llave; gracias a un supremo estallido de fuerza me sobrepuse a los obstáculos y jalé la puerta abriéndola hacia el interior de la recámara. Tras hacer esto, experimenté el más puro éxtasis que jamás haya sentido, pues resplandeciendo tranquila a través de una florida reja de hierro, y a lo largo de un corto tramo de escalones que subían desde el recién descubierto portal, estaba la radiante luna llena, misma que nunca antes, salvo en sueños, y en vagas visiones que no me atrevía a llamar memorias, había visto.
Convencido de que había llegado a la cima última del castillo, comencé a correr escaleras arriba dejando atrás el portal, pero el repentino ocultamiento de la luna por una nube me hizo tropezar, entonces avancé a tientas lentamente en la negrura. Seguía muy oscuro cuando llegué a la reja, misma que empujé con cuidado, no estaba asegurada, pero no la abrí por miedo a caer desde tan tremenda altura a la que mi escalada me había llevado. Entonces salió la luna.
El más demoniaco de todos los impactos es aquel que inflige lo abismalmente inesperado y lo grotescamente inaudito. Nada de lo que hubiera experimentado hasta ese momento se puede comparar con el terror de lo que veía ahora, con todo y las bizarras maravillas que implicaba la escena. El panorama en sí era tan simple como impactante, pues era meramente esto: en lugar del vertiginoso prospecto de las copas de los árboles vistas desde una eminente elevación, se extendía a mi alrededor, al nivel de la reja, nada más y nada menos que piso sólido, adornado y modificado con láminas y columnas de mármol, y coronado con una antigua iglesia de piedra, cuya ruinosa aguja brillaba espectral bajo la luz de la luna
En la duermevela que sirve de antesala a la inconsciencia, abrí la rejilla y trastabillé al salir al sendero de grava blanca que se alejaba en dos direcciones. Mi mente, pasmada y caótica como estaba, seguía frenéticamente hambrienta de luz, ni siquiera la fantástica maravilla que acababa de ocurrir podía detener mi camino. Nunca supe ni me importó si estaba experimentando un brote sicótico, o si todo era sino un sueño o magia, estaba determinado a posar la mirada sobre la brillantez y la dicha sin importar el costo que tuviera que pagar. No sabía quién ni qué era yo, ni que era lo que me rodeaba, aunque al continuar tropezando por ahí fui consciente de una especie de aterradora memoria latente que hizo que mi progreso no fuera del todo fortuito. Pasé por debajo de un arco y salí de aquella región de lajas y columnas, y deambulé a través del campo abierto, a veces siguiendo el camino visible, pero otras dejándolo atrás para andar con curiosidad por praderas donde solo ocasionales ruinas hablaban de la ancestral presencia de un camino olvidado. En un momento nadé a través de un ágil río donde derruidos y mohosos ladrillos hablaban de un puente que hacía mucho había desaparecido.
Debieron de haber pasado más de dos horas antes de dar con lo que parecía ser mi objetivo, un venerable castillo cubierto por la maleza en medio de un frondoso parque, un lugar que me resultaba dementemente familiar, aunque estaba lleno de una perpleja extrañeza. Vi que el foso que lo rodeaba estaba lleno, y que algunas de las reconocibles torres habían sido demolidas, mientras que nuevas secciones existían para confundir al observador. Pero lo que noté con gran interés y deleite fueron las ventanas abiertas, hermosamente encendidas con luz y despidiendo sonidos como de la más alegre de las juergas. Avancé hasta una de estas y me asomé hacia el interior, donde descubrí a un grupo de personas vestidas de forma extraña, quienes, ciertamente, estaban celebrando y hablando alegremente entre ellas. Aparentemente, nunca antes había escuchado el habla humana, y tan solo pude adivinar de manera vaga lo que decían. Al parecer, algunos de los rostros poseían expresiones que detonaban en mí memorias increíblemente remotas, mientras que los demás eran completamente extraños.
Entonces atravesé la ventana baja hacia la habitación que estaba tan brillantemente iluminada, y con un solo paso transité de un único y brillante momento de esperanza a la más oscura convulsión de desesperación y reconocimiento. La pesadilla no tardó en llegar, tan solo entrar ocurrió una de las más terroríficas demostraciones que jamás hubiera podido concebir. No había siquiera terminado de cruzar sobre la cornisa cuando descendió sobre todo el grupo un repentino e inesperado pavor de asquerosa intensidad, que distorsionó cada rostro y evocó los más terribles gritos en casi todas las gargantas. La huída fue universal, y en medio del clamor y el pánico varios cayeron en un desmayo y fueron arrastrados por sus enloquecidos y huidizos compañeros. Muchos se cubrieron los ojos con las manos, y se lanzaron cegados a una extraña carrera por escapar, volteando el mobiliario y tropezando contra los muros antes de dar con alguna de las muchas puertas.
Los gritos fueron abrumadores, y de pie en medio de aquel brillante apartamento, solo y confundido, escuché el eco de sus desapariciones, y temblé ante la idea de qué podría ser lo que acechaba invisible a mi lado. A primera vista la habitación parecía estar desierta, pero al avanzar hacia una de las alcobas creí detectar allí una presencia, un dejo de emoción al otro lado del portal bajo el arco dorado que llevaba a otra y de cierta forma similar habitación. Al acercarme, comencé a percibir a esa presencia más claramente, y entonces, con el primer y último sonido que jamás emití —un macabro ulular que me repugnó casi tan dolorosamente como su nociva causa—, vi en total y espantosa vivacidad la inconcebible, indescriptible e inenarrable monstruosidad que con su simple apariencia había transformado a un alegre grupo en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera sugerir lo que era, pues estaba compuesto por todo lo que es suciedad, misterio, molestia, anormalidad y detestación. Era la macabra sombra del deterioro, la antigüedad y la desolación, un pútrido y babeante espectro de insalubre revelación, el horroroso portador de aquello que la misericordiosa tierra debería por siempre esconder. Dios sabe que no era algo de este mundo —o que había dejado de serlo— y para mi horror vi en su carcomida y huesuda silueta una impúdica y aborrecible parodia de la figura humana, y en su mohosa y desintegrada vestimenta una indescriptible cualidad que me heló aún más.
Estaba prácticamente paralizado pero no tanto como para no hacer un débil intento de huída; un traspié hacia atrás que fracasó en romper el hechizo en el que el falto de nombre y mudo monstruo me tenía. Mis ojos, embrujados por las vidriosas orbes que los miraban tan repugnantemente, rehusaron cerrarse, aunque he de decir que estaban encarecidamente desenfocados y mostraban, luego del primer impacto, al terrible objeto sin gran detalle. Intenté levantar una mano para bloquear la visión, pero mis nervios estaban tan aturdidos que mi brazo no podía obedecer del todo a mi voluntad. El intento, sin embargo, fue suficiente para perturbar mi balance, así que tuve que tambalearme varios pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo, fui repentina y agonizantemente consciente de la cercanía de aquella cadavérica cosa, cuya nauseabunda y sepulcral respiración creí escuchar a medias. Al borde de la demencia, me descubrí aún capaz de lanzar una mano hacia delante para alejar a la fétida aparición que se había acercado tanto, cuando en un cataclísmico segundo de pesadilla cósmica e infernal accidente mis dedos tocaron la pútrida pata extendida del monstruo bajo el arco dorado.
No grité, pero todos los malévolos demonios que navegan en el viento nocturno chillaron por mí al tiempo que me cayó repentinamente a la cabeza una única y efímera avalancha de memorias capaces de aniquilar el alma. Supe en ese instante todo lo que había sido, recordé más allá del espantoso castillo y los árboles, y reconocí el alterado edificio en el que me encontraba ahora, reconocí, más terrible que todo, la impía abominación que se erguía malévola ante mí al retirar mis sucios dedos de los suyos.
Pero en el cosmos hay consuelo tanto como hay amargura, y ese consuelo es el nepente. En el extremo horror de ese segundo olvidé aquello que me había horrorizado, y el estallido de oscuras memorias se esfumó en el eco de un caos de imágenes. Aturdido, huí de aquella maldita y embrujada finca, y corrí ágil y en silencio hacia la luz de la luna. Cuando regresé al patio de mármol de la iglesia y bajé los escalones, descubrí que la trampilla de piedra era imposible de mover; pero no lo lamenté, pues odiaba el antiguo castillo y los árboles. Ahora navego con los burlones y amistosos espectros en el viento nocturno, y juego de día entre las catacumbas de Nephren-ka en el guarecido e ignoto valle de Hadoth junto al Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, ni ninguna dicha, salvo los festines sin nombre de Nitokris bajo la gran pirámide, y en mi nuevo estado de salvaje libertad casi que le doy la bienvenida a la amargura de ser un forastero.
Pues aunque el nepente me ha tranquilizado, siempre tengo presente que soy un forastero, un extraño en este siglo y entre los que aún son humanos. Esto lo he sabido desde que estiré los dedos hacia la abominación bajo ese gran marco dorado, estiré los dedos y toqué una fría e inquebrantable superficie de vidrio pulido
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¡Qué bello!
Creo que es mi favorito hasta ahora. Muuuuuy bueno.